‘De palabras sin sentido’

En cada proceso electoral en México sucede lo mismo; sin piedad alguna, nos vemos bombardeados por notas, videos o declaraciones en la cuales existe un término común, ya sea para convencer o para desacreditar. Y hoy, la palabra de moda, es –¡tarán!- ‘populismo’.
Ya sabemos: a los mexicanos nos viene de tradición el soltar alegremente vocablos para abanderar lo que deseamos defender o atacar lo que queremos combatir, sin saber bien de qué se trata aquello que repetimos, y sin darnos cuenta que, con ello, creamos barreras mentales que nos impiden tomar la mejor decisión.
Porque ‘populista’ se le llama ahora a casi cualquier persona que repudie desde la ineficiencia de la clase política, la corrupción, la impunidad o la violencia, hasta la razón de la debacle de un país latinoamericano, cuando en realidad hacerlo es equivalente a meter en la misma canasta cosas que no siempre pertenecen al mismo conjunto, aunque tengan en común la misma causa. Y, lo más preocupante, nos distrae de una problemática en la que estamos inmersos todos –porque todos somos responsables- al perder miserablemente el tiempo señalándonos unos a otros con un término de combate profundamente ideologizado pero muy poco claro. Además, le estamos dando el sartén para que nos dé sartenazos a quien le seguimos permitiendo usar terminología nociva para dividir a un país que comienza a creerse el cuento de que en México existen dos tipos de mexicanos: los populistas y los no populistas; o, lo que es lo mismo, un ‘pueblo’ y un ‘anti-pueblo’. ¿Y luego nos preguntamos porque hemos perdido la habilidad de debatir entre opiniones diferentes?
Pero, todo se vale, y si de pronto tú, querido lector, decides convertirte en populista, te invito a redefinir la palabrita y convertirla en acciones concretas a favor de tu país y bajo un nuevo parámetro de ética y obligaciones; a usar tu ‘popularidad’ para realmente observar a tu alrededor y darte cuenta que más de la mitad de la población en México se encuentra en pobreza, que aún no abatimos la desnutrición crónica entre nuestros niños mexicanos, que solo la mitad de las escuelas cuentan con servicios básicos y que estamos entre los países con la peor aplicación de la justicia en el mundo.
No nos confundamos más. Si hemos de alabar a un populista, fijémonos bien si ha aportado a la sociedad mucho más de lo que ha señalado; y, si vamos a atacarlo, que sea porque hace promesas populares que, por imposibles de cumplir, se pudieran convertir en dañinas.
Mejor, fajémonos los pantalones y apostémosles a aquellas propuestas no tan populares, pero que nos darán la posibilidad de convertirnos en un país equitativo, justo y, tan autodeterminado que sea imposible darle ‘atole con el dedo’ con palabrería o términos sin sentido.