“Si los deseos fueran órdenes…”

Cuando niña, uno de los momentos más poderosos que vivía era sentarme a escribir mi carta a Santa Claus. Sin restricciones, vertía esperanzada una lista de cosas deseadas y nadie, en ese instante libre, me limitaba. Podía volar libremente trayendo a mi memoria lo visto en la tele para concretar un listado interminable de juguetes, ropa, libros y demás cosas lindas que seguramente llegarían a mí con solo escribirlas.
Sin embargo, la ilusión terminaba muy pronto cuando mis padres leían de reojo la cartita y me devolvían mi larguísimo pliego petitorio diciendo ¿no te parece que es demasiado lo que pides? Y ahí quedaba mi momento de libre albedrío que, aunque corto, había valido la pena vivirlo por el simple hecho de soñar con lo imposible.
Hoy, a muchos años de eso y pensando en mi adorado México, necesito escribir una carta similar con todo aquello que quisiera que sucediera, que cambiara o que volviera, sin pensar si aquello que anhelo es inalcanzable en un país que ya se acostumbró a sufrir en silencio y a vivir mal.
Quiero pedirle al papel que la violencia termine, porque no hay sociedad alguna que aguante tanto tiempo experimentando -o siquiera escuchando- el que cada cuatro horas muere el esposo, hijo, madre o padre de alguien de los nuestros. Que, si seguimos así, este año podríamos superar los récords históricos de homicidios y que, en mi hermoso país futbolero, cada vez que pienso en el estadio Azteca, no pienso en fiesta o porras, sino que lo imagino repleto de espectadores siniestros, porque desde que inició esta locura podríamos haberlo llenado casi tres veces con cuerpos sin vida. Y quiero gritar con tinta que me duele profundamente el saber que los términos ‘muerte’ y ‘juventud’-víctimas o perpetradores- van de la mano en esta guerra sin razón de todos contra todos.
Pero, a diferencia de cuando era niña y mi destinatario era una figura clara en mi mente, hoy no se bien a quién dirigirla. De pronto intuyo que el actual Santa Claus, sentado aún en la silla del poder, cerró ya sus oídos a los lamentos de las madres sin hijos y de los pueblitos secuestrados sin ley. Que le ha pasado ya el trineo -con todo y renos- al nuevo ‘gordito’ para que, con pretensiones de mágica amnistía hacia una gloriosa pacificación, comience una labor que aún no lo corresponde desempeñar.
Así que escribo hoy ‘a quien corresponda’, y comienzo mi carta con un solo deseo: respeto a la vida. Finalmente, igual que cuando de niña me tocaba solamente una muñeca y me olvidaba de todo lo demás al empezar a jugar con ella, no necesitamos nada más; porque es a partir de lo fundamental que pareciera hemos olvidado, desde donde tendríamos que comenzar a reconstruir a México.
¿Será mucho pedir… de nuevo? La niña que aún vive en mí espera que no sea así…