La necesidad de morir bien

Se dice que poco más de 3 mil millones de personas en el mundo han fallecido en toda la historia de la humanidad y de no haberlo hecho, estaríamos ahora luchando desenfrenadamente por sobrevivir con los pocos satisfactores existentes. Pero quizás muchos de los genios habrían ya instalado colonias humanas en la Luna y en Marte; se tendría ya una comunicación telepática y, en el mejor de los casos, el equipo Cruz Azul no tendría tantos años sin ser campeón del futbol mexicano. Lo cierto es que el futuro no sería como antes. Querámoslo o no, hagamos berrinche o nos dé coraje, la muerte existe y es inevitable, pues la única forma en que no tendríamos que enfrentarnos a ella es no viviendo, pues ello es la causa del morir.
Ya sea una muerte repentina o anunciada, natural o violenta, las personas tenemos que afrontar dolorosamente la experiencia de la muerte. Por lo general, las conocidas enfermedades terminales tienen un progreso mucho más prolongado que antes, pues han asumido un periodo llamado crónico que intensifica el sufrimiento de los pacientes y de algunos de sus seres queridos más cercanos. Con el propósito de atender esos padecimientos crónicos, la medicina ha procurado intervenir desde la bioética, los cuidados paliativos y la tanatología, que posibilita que el paciente conozca su diagnóstico y pronóstico médico y que él decida sobre su tratamiento, teniendo la posibilidad de consentir el momento de su muerte. Se busca cuidar la calidad de vida del paciente en sus últimos momentos y disminuir el nivel de dolor físico y de sufrimiento emocional.
En una pérdida significativa, se busca la adaptación y armonización interna frente a una realidad inevitable y es el duelo, normal y natural, lo que obstaculiza o favorece dicho propósito. El duelo tiene implicaciones culturales, antropológicas, biológicas, psicológicas, espirituales y de creencias personales, pues la ausencia no es siempre una persona y pequeños o grandes duelos van sucediendo en el transcurso de la vida.
En los dolientes se desarrollan cambios psicológicos singulares que impactan su estado físico y su conducta, así como también les toca escuchar innumerables condolencias y consejos como “el tiempo cura todas las heridas”, “tienes que llorar lo suficiente”, “no te sientas mal, sé fuerte”, “mantente ocupado en otras cosas” o, “fue para bien, así Dios lo quiso”, sin saber que lo que más se necesita es ser respetado en el dolor y ser escuchado. Lo que menos se desea es ser reparado en lo inmediato, ser juzgado y cuestionado sin sentido. La muerte no tiene una sola respuesta del porqué sucedió, y en muchos casos, jamás habrá una respuesta clara a lo sucedido.
Aunque tengamos un miedo a la muerte, real o imaginario, no se trata de estar en conflicto con ella. Es el amor por uno mismo lo que nos permite ofrecer como regalo nuestra propia muerte a las personas que queramos, a pedir perdón o decir esos secretos celosamente guardados. La desesperanza que alcancemos debe ser lo más creativa posible para convivir con el dolor. Nuestros pensamientos y valores personales nos permitirán transformarnos y continuar con la vida o esperar el momento de la despedida.
La muerte que hoy se generaliza en nuestra sociedad, cierto, no es tolerable, pues nos deja muchas sombras difíciles de apartar. Hablemos de la muerte de manera más libre y dejemos la escucha para los profesionales que así se han entrenado para ello. Cuando el duelo no tiene una recuperación conveniente, la muerte se apodera de nosotros como una doble ganancia para ella.

Hoy martes, por Coepsique Facebook Live, 7 pm, estaremos en ESCUCHA.

* Presidente del Colegio Estatal de Psicólogos de Querétaro, AC