El asombroso día en que los cuentos se encogieron (3 de 7)

El escritor español Ramón Gómez de la Serna le dio este inesperado giro a uno de los versículos bíblicos más conocidos: “Bienaventurado quien sepa mojarse con resignación bajo la lluvia, porque solo de él es el reino de la tierra”. Esta modalidad de narración es ejemplo de un género literario conocido como microficción.
En las primeras dos entregas identifiqué dos temas recurrentes en el género: las frases paradójicas y los juegos de palabras. La tercera temática representa un guiño socarrón a la profundidad filosófica que encuentro en muchas de las historias analizadas. A manera de ilustración, el multifacético Alejandro Jodorowsky nos revela en Misterios del tiempo: “Cuando el viajero miró hacia atrás y vio que el camino estaba intacto, se dio cuenta de que las huellas no lo seguían, sino que lo precedían”. Y en Déja-vu, el venezolano Armando José Sequera nos introduce a un enigmático juego de espejos: “De repente, tuve la idea de haber vivido ese momento en que tuve la impresión de haber vivido ese momento”.
En ocasiones, al microrrelato filosófico se le puede ubicar en una órbita decididamente borgiana. Es el caso del narrador escénico mexicano José Víctor Martínez Gil, quien en Infinitud nos presenta un relato de corte mitológico: “El árbol creció tan alto que tuvieron que talarlo. Y aún no acaba de caer.” Por su parte, el ínclito poeta José Emilio Pacheco, concibe esta historia sin fin: “Había una vez un cuento de nunca acabar que también empezaba así: Había una vez…”. Y qué decir de Augusto Monterroso, quien en El mundo relata: “Dios todavía no ha creado el mundo; solo está imaginándolo, como entre sueños. Por eso el mundo es perfecto, pero confuso”.
Otro exponente de la micronarrativa convertida en asalto a la razón es Alejandro Jodorowsky, quien en Persecución escribe: “Un insensato se quejaba porque no lo seguían sus huellas. Sin cesar las buscó hasta morir de fatiga”. En El más allá, el referido dramaturgo y psicomago chileno incursiona en territorio surrealista: “De pronto, mientras pataleaba, se dio cuenta de que su ataúd era un huevo”. En manera similar, Georg Christoph Lichtenberg, un científico y escritor alemán del siglo 18, visualizó así a un crustáceo sumamente confundido: “Enloquecedor debe resultarle al cangrejo ver a los hombres ir hacia adelante”.
El cuarto grupo temático en mi clasificación se encuentra conformado por microrrelatos poco cercanos de la sesuda categoría anterior: aquellos que hacen gala de socarronería y sentido del humor. No es de extrañar que haya sido un comediante – también escritor y cineasta– quien sentó los precedentes del género. Me refiero a Groucho Marx, cuyas explosivas frases siguen haciéndonos reír hoy en día. Sugirió, por ejemplo, que en su epitafio se pusiera: “Perdonen que no me levante”. En la próxima entrega compartiré otras joyas surgidas de su alocada inspiración.

Bibliografía:

• 1. Mil cuentos de una línea. (2007). Barcelona: Thule Ediciones. Selección de Aloe Azid.
• Por favor, sea breve: Antología de relatos hiperbreves. (2013). Madrid: Páginas de Espuma. Selección de Clara Obligado.