“Nosotros los mexicanos”

Hablemos, pues, de nosotros; de nosotros los mexicanos. Porque, en este endiablado ajetreo del mundo, lo importante es que cada país ausculte sus propios errores y sus propias miserias.

Hablaremos, no de nuestras virtudes mexicanísimas, que de aquello se encargan todos los voceros de México, sino de los defectos que sobreviven en nuestra raza; de los errores, atropellos y abdicaciones que cometemos para nuestra ruina moral.

Como consecuencia de la Conquista, en nuestra raza luchan dos opuestas tendencias espirituales. Por lo tanto, el alma del mexicano es un auténtico semillero de contrarias sensaciones y vivencias. En el fondo de nuestra vida íntima existe un eterno contrasentido; de ahí que siendo en ocasiones redomados pícaros, nos pronunciemos con nobleza y decencia.

Esta dualidad facilita el paso a las contradicciones de conducta y así, podemos contemplar en México toda una serie de delitos del orden moral.

Comencemos con el fraude -o filosofía del pícaro- que arranca desde la administración pública y se extiende en todas direcciones, corrompiendo a nuestra sufrida clase media y a nuestro pueblo “hambriento de nixtamal”.

La explotación que fomentan los grandes y pequeños monopolios, estos últimos explotados a su vez.

El soborno, que se filtra ya por todos los poros de la nación mexicana y destruye en el ciudadano el sentido de responsabilidad social y del deber hacia la comunidad.

Y la rapiña descarada de los políticos oportunistas, que se ha convertido en un cínico insulto a la justicia.

Y mientras estas enormes manchas lo cubren todo de fango, cientos de miles de hombres y mujeres mexicanos de valía permanecen ignorados, humillados y “haciendo antesala”, con la fe perdida en la justicia.

Tres tipos de políticos abrazan a México: “Juan”, “Pedro” y “José”.

Juan pertenece a una especie ya casi extinta biológicamente. Es el soñador sin mancha. Como David frente a Goliat, levanta la espada de su intención honrada y, cercenando cabezas corruptas, agota su propia vida hasta sufrir la inmolación.

Pedro es de naturaleza híbrida. El mestizaje se acentúa en él; a menudo tropieza y se ensucia el rostro hasta adquirir rastros de mercenario.

Y José pertenece a una nutrida secta, la cual se multiplica en nuestro país como la mala hierba. Es el bribón idealista -valga el contrasentido-, porque tiene ideales, sí, señor, solo que estos ideales son telúricos, es decir, se acuñan en moneda.

En sus discursos cita a los héroes, habla de justicia, de patriotismo y de responsabilidad social, pero se vale del cohecho, del abuso y de la extorsión. Es el mal ciudadano, producto de una ecuación mal hecha del alma mexicana.

Ahora bien, la pregunta es ¿cómo extirpar de nuestro ambiente a José?  Tal vez, la única solución será reconocernos como un pueblo que, aunque ingenuo, es capaz de salvar a su país de la degradación moral porque pertenece a una raza digna y rebelde. Porque a veces basta un Juan valiente que no calle más frente a la inmoralidad, para desenmascarar a los prevaricadores, a los oportunistas, a los demagogos y a los aduladores; basta con uno que valga mas que mil y, una vez que uno se convierta en mil, valdrán mas que 1 millón. 

Para la revista “Crucial” (extracto), 1947. ¿Alguna coincidencia con la actualidad?