En búsqueda de la iluminación (Parte 1)

Se dice que un viajero pasó frente a un mendigo, quien le pidió unas monedas. El viajero le hizo ver que no tenía nada que darle y le preguntó sobre qué estaba sentado. “Es solo un viejo cajón”, le contestó el mendigo. “¿Alguna vez has visto qué hay en su interior?”, lo interpeló el peregrino. “No es más que un cajón, no hay nada adentro,” fue su respuesta. Su interlocutor insistió en que lo levantara. El pordiosero accedió a regañadientes y, al hacerlo, lanzó un grito de sorpresa al descubrir un luminoso lingote de oro.
Esta sencilla historia permite entender el concepto de iluminación espiritual, el cual plantea que el grado de consciencia supremo habita en nuestro ser interior. En las pinturas medievales, por ejemplo, el halo de luz que rodea a los santos cristianos representa el fulgor sagrado, que en ellos resplandece. Y, en el hinduismo, al aro de luz que rodea la cabeza de sus divinidades se le conoce como “sirascakra.”
En su libro “El poder contra la fuerza”, David Hawkins, un maestro espiritual y psiquiatra, identifica 17 niveles de la consciencia humana, desde el más primitivo hasta el más elevado. Este último es, precisamente, el de la iluminación, al que describe como “la cúspide de la evolución de la consciencia en el reino humano”, a la que solo unos cuantos han accedido a lo largo de la historia, entre ellos Jesucristo y Buda.
Los ocho niveles inferiores de consciencia son: vergüenza, culpa, apatía, sufrimiento, miedo, deseo, ira y orgullo. En una posición intermedia se encuentra la osadía. Los ocho niveles superiores son encabezados por la iluminación, seguida de la paz, la alegría, el amor, la razón, la aceptación, la voluntad y la neutralidad.
Los niveles inferiores se caracterizan por la rigidez, la falsedad y la debilidad, pues consumen la energía de la consciencia y hacen que las personas se sientan impotentes, al verse a sí mismas como víctimas de un mundo cruel. Por el contrario, los niveles superiores nos imbuyen de energía para nutrir y desarrollar la consciencia, en búsqueda de un mundo mejor. En esta serie describiré cada uno de los 17 niveles, empezando por los inferiores.
VERGÜENZA. Para Hawkins, la vergüenza es el nivel más reducido de la consciencia, ya que cuando nos dejamos poseer por ella “apagamos nuestros cerebros y nos escabullimos, deseando que fuésemos invisibles”. Es, pues, una especie de destierro que nos aleja del mundo espiritual. Hace mella en nuestra salud emocional y aniquila la autoestima. Las personas en semejante condición tienden a ser tímidas, retraídas e introvertidas.
CULPA. En este nivel, el individuo se empantana en el remordimiento y la autoflagelación interior. Voltaire afirmaba que el sentimiento de culpa se origina en la impotencia de no haber hecho el bien cuando tuvimos oportunidad de hacerlo. En el cristianismo, la culpa emana del pecado, entendido como la transgresión de la voluntad suprema, mismo que ha de ser lavado por la contrición del acto de penitencia.
APATÍA. El tercero de los niveles inferiores de consciencia es la apatía, caracterizada por la falta de voluntad para vivir a plenitud la existencia. Las personas que carecen de motivación se dejan llevar por la desesperanza y “tiran la toalla”, pues terminan por sentirse una carga para aquellos que los rodean.

(Continuará la semana entrante)