Regresar a clases

Como cada año, miles de menores de edad disfrutan de vacaciones de verano sin importarles lo que pase con la escuela. Normalmente es a fin de mes cuando los padres se preparan para aprovechas las “ofertas de útiles escolares”, las reinscripciones y pago de uniformes. Mientras tanto, niñas y niños se mostrarán impacientes por regresar y volver a ver a sus compañeros de clase. Las maestras y maestros ya han trabajado con anticipación el material que revisarán en el nuevo año escolar para, motivados, enseñar lo suficiente para que sus alumnos aprendan. Pero este año no será igual. Ahora serán los alumnos los encargados de enseñar en la escuela.
Ya sabemos los estragos que la pandemia de la COVID-19 ha dejado en los programas educativos, las deficiencias de aprendizaje en los alumnos y los estados de estrés en el profesorado de casi todos los niveles educativos. Nadie estaba preparado para tal situación. Y no solamente es lo anterior: hay que considerar las afectaciones a la salud física y mental que tanto alumnos como maestros están padeciendo, directa o indirectamente.
Las autoridades han dispuesto protocolos de reincorporación al próximo ciclo escolar. Las indicaciones de ingreso, estancia y convivencia en las escuelas tienen el propósito de evitar, o al menos disminuir, el contagio por coronavirus.
En la búsqueda de responsables por la gran cantidad de fallecidos por COVID-19, los niños efectivamente no tienen la culpa, pues de acuerdo con datos acumulados (en varios países), estos tienen una menor probabilidad de infectarse o ser infecciosos. Sí se han reportado menores infectados, pero representan un porcentaje mínimo en el mundo. Todo lo contrario ocurre con la transmisión de la gripe entre niños, ya sea en el hogar o en la escuela, donde la frecuencia de infección es mucho mayor. Los estudios no han revelado la causa de esta condición.
Cómo será ese regreso a clases, en donde la mayor parte de la población se encuentra cansada, apática, triste, ansiosa, enojada, producto del confinamiento domiciliario, o por alguna pérdida de empleo, productividad o ser querido. Particularmente las niñas y los niños que, en sus diferentes edades, responden de manera singular y cargados aún de pensamientos mágicos. Regresar a clases para ellos puede representar que “el castigo de estar en casa ha terminado”; su apariencia física y estado de ánimo se han visto transformados e interactuar con “una imagen diferente” resultará incómodo; la percepción que ellos construyen del coronavirus viene de la información de los padres, que advierten del peligro de contagiarse -aunque no ha pasado mucho con ellos- y que entonces asumen que “el coronavirus no existe, son los padres”, así como han incorporado las representaciones de “el señor del costal” o de “el Coco”.
No se habla de igual manera entre adultos que con los menores. Las explicaciones han sido ambiguas y confusas, por lo que la tarea principal de los profesores –que también llegarán en condiciones nada favorables, pues enfermaron o perdieron una pareja o familiar- es escuchar y observar a sus alumnos. Ahora serán ellos quienes tengan que enseñar a los maestros.
Que todo esto sea una llamada de atención a las autoridades educativas que no se interesaron en procurar programas de salud mental en las escuelas.

* Presidente del Colegio Estatal de Psicólogos de Querétaro, AC