Un sombrío panorama para la niñez en México

La desaparición, el 30 de junio, del pequeño de dos años Dylan Esaú ─en San Cristóbal de las Casas, Chiapas─ mientras la madre atendía su puesto de verduras, es una verdadera desgracia… un crimen que destapó otra tragedia: 23 menores de entre 3 y 15 años que eran víctimas de trata de personas: niños y niñas desnutridos y forzados a trabajar en las calles, para entregar una cuota mínima y así tener derecho a mal comer y dormir en la casa en la que los tenían privados de su libertad.

Estos hechos muestran lo que significa ser niño o niña en nuestro país: una calamidad que debería avergonzarnos a todos, como mexicanos; que debería llevarnos a protestar en las calles y a gritar con todas nuestras fuerzas… sin embargo, la mamá de Dylan ─una jovencita─ se manifestó prácticamente sola afuera de Palacio Nacional, para pedir ser recibida por el Presidente… y eso también es una fatalidad.

Cuando un infante nace en México se enfrenta a una brutal realidad, según cifras del Informe Anual 2019 de la UNICEF presentado el pasado 20 de julio; porcentajes construidos con tiernas sonrisas convertidas en tristeza y llanto…

Porque resulta que 4 niñas, niños y adolescentes son asesinados diariamente en el país y 2 de cada 10 personas desaparecidas son niñas, niños y adolescentes; el 80 por ciento tiene entre 12 y 17 años y el 20 por ciento entre 0 a 11 años.

Porque de los 39.8 millones de niños, niñas y adolescentes en México, el 63 por ciento ─de entre 1 y 14 años─ ha sufrido algún tipo de violencia en el hogar; el 32.8 por ciento de las adolescentes de entre 15 y 17 años ha sufrido alguna forma de violencia sexual en su comunidad, y 4 de cada 10 probables violaciones sexuales sucedieron en sus entornos más cercanos y cotidianos.

Porque la violencia es uno de los factores que influye en que las y los adolescentes dejen sus estudios de manera temprana, ya que han experimentado acoso en la escuela; el 80 por ciento de los niños y niñas en 6° de primaria no alcanza los aprendizajes esperados para su nivel educativo; y 5 de cada 10 preescolares indígenas solo tienen a un docente que atiende a los alumnos de todos los grados.

Porque el 18 por ciento de los y las menores de 5 años no tiene un adecuado nivel de desarrollo y el 49.6 por ciento vive en situación de pobreza… porque 12 mil 740 niños, niñas y adolescentes mexicanos fueron repatriados desde Estados Unidos… y porque el 35.6 por ciento -de entre 5 y 11 años- padece obesidad y sobrepeso.

En medio de este sombrío panorama cabe preguntarse: ¿dónde quedaron los ratos felices que todo niño o niña ─sin excepción─ debe experimentar en su infancia?, ¿dónde quedó el “Naranja dulce, limón partido, dame un abrazo que yo te pido”?, ¿por qué no se escucha el “Acitrón de un fandango, zango, zango, sabaré, sabaré que va pasando, con su triqui, triqui, tran”?, ¿a dónde fue el “A la víbora, víbora, de la mar, de la mar, por aquí pueden pasar. Los de adelante corren mucho y los de atrás se quedarán, tras, tras, tras, traaas”?, ¿por qué tanto silencio y oscuridad?… entre otras cosas, porque Dylan aún no puede abrazar a su madre.