Sabores y sinsabores de la corrección política (II de IV)

Quién no lo recuerda a Nicolás Alvarado, una de las más sonadas víctimas de la corrección política. El funcionario público se vio forzado a renunciar a su cargo por utilizar un lenguaje homofóbico y clasista en un artículo de su autoría intitulado ‘No me gusta ‘Juanga’’. No habían pasado dos días del fallecimiento de Juan Gabriel, cuando el entonces Director de TV UNAM describió al llorado cantautor como “uno de los letristas más torpes y chambones en la historia de la música popular”. Ese no fue el problema, sino la frase siguiente: “Mi rechazo al trabajo de Juan Gabriel es, pues, clasista: me irritan sus lentejuelas no por jotas sino por nacas”.
El ejemplo anterior pone en el candelero la naturaleza controversial de la corrección política: ¿resulta justificable ‘quemar en leña verde’ a un individuo por atreverse a utilizar en público términos de uso corriente en el imaginario popular mexicano? ¿Es justicia o hipocresía? Las opiniones están divididas.
En fechas recientes, Darío Villanueva, director de la Real Academia Española (RAE), causó revuelo por afirmar que “la corrección política es una nueva forma de censura; una censura perversa”. Villanueva hacía alusión a las críticas dirigidas a la RAE por negarse a reconocer como válidas expresiones como ‘ellos y ellas’ aduciendo que son innecesarias, ya que –gramaticalmente hablando– el pronombre ‘ellos’ incluye tanto a hombres como mujeres.
El académico indicó que no le corresponde a la RAE determinar si una palabra es políticamente correcta o no. “A la RAE se le acusa una y otra vez –expresó en un acto público– de agraviar a individuos o grupos simplemente por incluir palabras consideradas ofensivas por ellos… palabras que la RAE no ha inventado, sino simplemente recogido”. En la misma línea, el escritor Juan Luis Cebrián arremetió contra las feministas acusándolas de que “es un abuso suponer que la lengua sea a la vez causa y remedio de la desigualdad de los derechos”. Más comedida, Laura García –del programa televisivo ‘La Dichosa Palabra’– aboga por una solución intermedia: le concede razón a la RAE, pero hace también un llamado a no dejar de ejercer lo que ella llama la ‘equidad de la lengua’.
En lo personal, estoy en desacuerdo con los puristas del lenguaje, pues optan por desviar la mirada ante temas de tan candente actualidad como el sexismo, el racismo y la homofobia. En un ensayo publicado en la revista ‘Discourse & Society’, Norman Fairclough –un catedrático especializado en lenguaje y vida social– señala que una cultura se manifiesta a través del lenguaje, por lo que éste debe mostrarse abierto a “nuevas maneras de ser, nuevas identidades y nuevos estilos” de hacer las cosas.
Fairclough expresa; sin embargo, sus reservas con respecto a la corrección política, por su afán prohibitivo. Propone en su lugar una transformación del lenguaje que vaya a la par de una transformación social. Arguye, por ejemplo, que de poco servirá eliminar el lenguaje sexista en las organizaciones si esta determinación no va acompañada de normas que garanticen que las mujeres se sientan valoradas, ya sea a través de salarios equitativos o de políticas severas contra el abuso sexual y la discriminación de género.
(Continuaré la próxima semana).