Estar en casa

A partir de la aparición del coronavirus y su propagación por el mundo, tenemos ciertas obligaciones y prohibiciones que, a decir de los expertos en la conducta humana, nos está causando alteraciones psicológicas y, por ello, se han dispuesto programas de intervención para mitigar los efectos de cuarentena y todo lo que implica.
La pandemia por contagio del coronavirus representa una catástrofe no solo porque es un suceso que ha alterado el orden mundial, sino también por sus efectos graves en los servicios de salud, la economía de los países, la dinámica social y por un exceso de pensamientos producto de la información generada y la diversidad de actitudes que las personas han tenido.
Nos hemos dado cuenta de que muchos sectores de la población no cumplen, respetan o acatan las disposiciones sanitarias que los tres niveles de gobierno han instituido. A esas personas les solemos llamar inconscientes, ingenuas, irresponsables, estúpidas, hasta las catalogamos como inmorales o presuntos delincuentes que deberían ser sancionados por la autoridad judicial.
No nos explicamos cómo, habiendo tanta información sobre el daño que puede causar el Covid-19, hay gente que sale a pasear a la calle sin protección, sin respetar la Sana Distancia y, lo peor, asiste a fiestas familiares. ¿No les parecen claras las advertencias, siquiera por sentido común, de proteger sus vidas?
No se trata de ignorancia, sino de formas de percibir la realidad en las personas. El sentido común es lo menos común de los sentidos, pues cada sujeto es individual, diferente, y tiene registros de experiencias diferentes en la vida y toman otro sentido de las cosas. En eso nos parecemos los humanos, en las diferencias individuales. Los procesos de pensamiento están sujetos a una biología y a una cultura, a los registros de experiencias vividas en tres planos: lo social, lo familiar y lo individual.
La pandemia del Covid-19 es considerada una catástrofe para nuestra mente por lo abrupto, disruptivo, imprevisible e impensable. Ha costado trabajo representarla y asimilarla en nuestro mundo psíquico. Para muchas personas la pandemia no está inscrita en las experiencias de su vida y no tiene lugar en su realidad, a pesar de conocer sobre el coronavirus, pues no lo han pensado. Su subjetividad ya ha sido dañada por este choque de realidades. Es conocida la pregunta que se le hace a otra persona: ¿qué pesa más, un kilo de clavos o un kilo de algodón? Y su respuesta es un kilo de clavos.
Es aquí donde decimos los psicólogos, al menos yo, “es la individualidad de cada sujeto, conformada por la subjetividad de su historia propia (cultura, educación, raza, familia, etc.), la que determina las respuestas y actitudes ante los sucesos que suceden sucesivamente”. Las evidencias de lo exterior real no tienen posibilidad de registrarse en el interior de nuestra mente, no solo por la falta de cercanía de un enfermo y las diversas teorías del origen del coronavirus, sino porque lo que hemos presenciado en las últimas semanas ha sido una imposición de una serie de estructuras y autoridades que han sido cuestionadas y actuado con un abuso de poder. Sí, la conducción de la máxima autoridad representante social ha alterado el equilibrio individual y familiar causando respuestas de irritabilidad y rechazo. Curiosamente, cuando el Dr. Hugo López-Gatell es cuestionado por una representación social, económica y comercialmente importante, el desorden social se moviliza asumiendo una identificación que anula su postura. La credibilidad e imagen del Dr. López Obrad… perdón, Gatell, es negada.
Las personas son separadas, las familias son distanciadas, los satisfactores son limitados, no sería extraño que gobernantes y representantes políticos entren a una pronunciada escisión, ejemplo claro de que la acción se prioriza antes que el pensar. Por ello el “estar en casa” es diferente al “quédate en casa”: la voluntad propia del sujeto o la imposición por otros.